Esta es una película que sin duda alguna merece la pena ver, aunque es recomendable hacerlo con un lapso de tiempo prudencial desde la última "americanada". Comparada con superproducciones de Hollywood, sobrecargadas de efectos especiales, riadas de sangre y en muchos casos una abrumadora falta de realismo, el Mongol destaca por derecho propio. Si bien a algunos les parecerá lenta (comparando, de nuevo, con lo que por desgracia estamos acostumbrados a ver) esta película brilla por su "otra visión" de los primeros años de vida de Gengis Kan, aquellos que son más desconocidos, menos documentados y que, a pesar de todo, son los que realmente conforman al hombre.
Quizás lo que más destacaría es la forma tan reservada de retratar a los personajes, detalle que me parece digno de alabanza: uno no puede esperar efusivas muestras de sentimiento de alguien sometido a la dura vida esteparia del guerrero desde la más tierna infancia, de la misma forma que no podría esperarlas de un samurai. Hacer una película que mostrara lo contrario: emociones, sentimentalismo, lágrimas... sería faltar a la verdad. Un guerrero es un guerrero, y como tal hay que recordarlo.
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